Tras la política

El lehendakari Patxi López, tras el último 'alto el fuego' de ETA (AP / Álvaro Barrientos)

El lehendakari Patxi López, tras el último 'alto el fuego' de ETA (AP / Álvaro Barrientos)



El acuerdo político firmado en 2009 entre el Partido Socialista de Euskadi y el Partido Popular vasco es un documento público. El pilar que sostiene al gobierno del lehendakari Patxi López recoge todo tipo de compromisos generales, como fortalecer el autogobierno o arrinconar a la banda terrorista ETA, pero está jalonado también de puntos muy concretos, de pactos muy específicos que van desde la construcción de la línea 3 del metro de Bilbao hasta la puesta en marcha en Eibar de un hospital de media-larga estancia. El segundo epígrafe del documento se dedica a la “política para hacer frente a la crisis económica y crear empleo“, y uno de los apartados es realmente curioso…


“Negociación de la transferencia de medios para las políticas activas de empleo, unificando un servicio hoy duplicado y ganando en capacidad de gestión y efectividad”



Es decir, que el traspaso de esa competencia a Euskadi, de esa gestión de las políticas de empleo, está incluida en el pacto de gobernabilidad que permitió a PSE y PP el desalojo del Partido Nacionalista Vasco en 2009. Con esa premisa, es interesante acercarse a la negociación de los próximos Presupuestos Generales del Estado. Como ya hemos contado en este blog, el presidente Zapatero ha enterrado la llamada “geometría variable” y se ha comprometido a fondo con el PNV no sólo para las próximas cuentas públicas… sino como posible aliado estratégico hasta el final de la legislatura. De cara a los tejemanejes presupuestarios, que no son nunca el mejor ejemplo de buenas intenciones políticas, la clave está, justamente, en la transferencia a la que hacíamos referencia.

En este 2010, el Gobierno busca a la desesperada su supervivencia parlamentaria, y buenas son las políticas de empleo si le facilitan ese objetivo. Caso aparte son el resto de actores del vodevil. El Partido Nacionalista Vasco considera el traspaso como algo irrenunciable, como la bisagra que abre a Zapatero la puerta del futuro. Es curioso comprobar cómo, en 2009, el mismo grupo parlamentario rechazó que se transfiriese la competencia en su acuerdo con el PSOE, pero se reservó el derecho de veto hasta septiembre de 2010. Es decir, que el Gobierno no podría realizar la transferencia a Vitoria sin el visto bueno de Íñigo Urkullu… hasta que llegase este septiembre de 2010, cuando tenemos encima otra negociación presupuestaria. Cuando conoció el acuerdo, el lehendakari López clamó al cielo, y lo hizo en público, ante los micrófonos.


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El portavoz del PP vasco, Leopoldo Barreda, personifica la contradicción en la que también incurre su partido. La formación de Antonio Basagoiti firmó el acuerdo de bases al que hacíamos referencia en el primer párrafo, consideró que la transferencia de las políticas de empleo era crucial para Euskadi, protestó enérgicamente cuando el PNV la bloqueó en 2009 pidiendo a Patxi López que “se plantase”… y hoy vuelve a pedir lo mismo. Barreda vuelve a pedir al lehendakari que se plante cuando esa transferencia parece más cercana que nunca. ¿Es menos necesaria ahora que antes… o su necesidad depende de quién consiga desbloquearla? Después están los socialistas vascos. Ante la más que probable marginación de su líder, han organizado un acto de desagravio recordando lo que parece obvio y lo que está escrito en las leyes: que las competencias se negocian entre gobiernos.

Los buenos vodeviles saben cimentar los diálogos en la intriga y en el equívoco, en que nada sea lo que parece, en que los personajes afirmen hoy una cosa y mañana la contraria. Así, en la negociación de los presupuestos, cada parte mantiene un discurso de cara a la galería y otro hacia sus propias filas… sin que nadie piense en los ciudadanos. Euskadi es la única comunidad autónoma que no tiene transferidas las políticas activas de empleo -algo que no le ha impedido ser una de las autonomías con menor tasa de paro-, pero eso no les importa demasiado a los actores de esta representación. Unos, para sobrevivir; otros, para tumbar al Gobierno; los de más allá, por protagonismo; los de más acá, por ocupar el centro del escenario. Todos hacen méritos para demostrar que conocen al dedillo su papel.


Zapatero, el pasado mes de julio, durante una rueda de prensa (AP / Paul White)


Durante la noche del 28 al 29 de agosto, el presidente del Gobierno no durmió en el Palacio de la Moncloa. José Luis Rodríguez Zapatero viajó esa madrugada hacia China para comenzar la gira internacional con la que arrancaría el curso político. Y en aquellas horas, en medio de la oscuridad, a bordo de aquel avión, el líder del PSOE ya sabía que Asia sería el escenario de una rectificación: del tercer gran cambio de rumbo de su mandato.


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En principio, estas palabras del presidente no suponen nada muy distinto de lo que ocurrió el año pasado; es decir, que el Partido Nacionalista Vasco será un interlocutor preferente de cara al otoño y a la elaboración de los Presupuestos Generales del Estado. Las palabras nuevas, con sus matices nuevos, saltaban durante un encuentro de Rodríguez Zapatero con periodistas… pero sin micrófonos. Uno de esos encuentros “off the record” que consiguen que una oración pronunciada por un personaje, de la que no queda constancia documental, tenga más repercusión que si esa misma oración hubiera sido pronunciada ante un abarrotado auditorio.

En ese encuentro “off the record” que se produjo el día 1 de septiembre en Tokio, como recoge la Agencia EFE, Zapatero aseguraba que “el PNV sabe la importancia que tienen los presupuestos”, y que si “cuentan con su apoyo se abrirá un escenario de colaboración más fluida con ese grupo de cara al futuro”. Todos los periódicos del día 2 de septiembre entendieron lo mismo: que el presidente entierra la “geometría variable” del Congreso de los Diputados, que busca la colaboración con el PNV para sostener su Gobierno hasta el final de la legislatura, que la aventura que decidió correr en 2008 al someterse a la investidura sólo con los votos socialistas… ha llegado a su fin.

Si el giro estratégico del presidente se confirma, si el salvamento de Zapatero puesto en marcha por Urkullu se consuma, el PSOE podrá evitar debates parlamentarios como el que se produjo en mayo en torno a las medidas anticrisis. Al borde del precipicio, el recorte exigido por Europa se aprobó por sólo un voto, y el Gobierno respiró con el alivio del portero que para un penalti en el último minuto. El frente legislativo estaría así salvado, pero… ¿qué pasaría en Euskadi? ¿Qué ocurre con un lehendakari socialista, apoyado por el Partido Popular, que intenta diferenciarse de los años de gobierno del Partido Nacionalista Vasco? ¿Qué pasa si el ministerio de Trabajo pacta la transferencia de las políticas activas de empleo con el PNV… y luego debe sentarse a negociar con Patxi López?


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En diciembre de 2006, el Gobierno giró bruscamente el timón de la negociación con ETA por el atentado de la T-4. En mayo de 2010, el ataque al euro y la presión internacional obligaron a Zapatero al mayor recorte social de los últimos años. Enero de 2011 puede ser la fecha de un tercer cambio: el que conduzca a un gobierno socialista presidido por Zapatero, como hasta ahora, pero apoyado en el Congreso por la derecha tradicionalista vasca.


Cora Abertnethie cree que su hermano Richard ha sido asesinado, y se lo dice al resto de la familia, así como de pasada, durante el velatorio del difunto. Imaginen el revuelo entre las plañideras, los comentarios entre los parientes. Con este potente argumento comienza la novela “Después del funeral”, de Agatha Christie, y bien parece que la escritora británica hubiese estado pensando en los Presupuestos Generales del Estado español para el próximo año 2011.


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En el caso español, el difunto se llamaba José Luis Rodríguez Zapatero, el funeral se había oficiado en un enclave simbólico [el Congreso de los Diputados] y se había ejecutado en dos tiempos [el debate sobre las medidas anti-déficit y el debate sobre la reforma laboral]. Pero decimos bien: el difunto ya no es tal difunto. El Partido Nacionalista Vasco, después de participar en el sepelio, de arrojar su puñado de arena sobre el ataúd del Gobierno, ha metido el brazo hasta el fondo de la fosa para recuperar el cadáver. Íñigo Urkullu ofrece al presidente pactar los próximos presupuestos, con todo lo que eso significa… que es mucho.

El pacto de gobernabilidad [palabra maldita] alcanzado en Euskadi por el PSE y el PP convirtió a los nacionalistas vascos, por primera vez en democracia, en el principal partido de la oposición en Vitoria. Desde la primavera de 2009, la formación de Urkullu se ha movido en Madrid, de forma pendular, entre la crítica acerada a Zapatero y el apoyo puntual, en ocasiones clave, a ciertas medidas del Ejecutivo. Pero ha llegado el funeral, las elecciones catalanas están a la vista, y Convergéncia i Uniò ha dejado claro que dejará caer al presidente del Gobierno en otoño, momento para el que la coalición se ve de nuevo en el Palau de la Generalitat.

Ante este panorama, Urkullu ha decidido jugar todas sus cartas en el Congreso de los Diputados. Un hipotético apoyo de los seis diputados del Grupo Vasco a los presupuestos dejaría al PSOE a sólo un escaño de la mayoría absoluta, convertiría al PNV en socio estratégico de Zapatero en la segunda mitad de la legislatura, facilitaría un futuro pacto de gobierno con Patxi López en Vitoria y les haría presentarse en Euskadi como los verdaderos hombres de Estado. Ser quienes tragan sapos y resucitan a muertos con tal de beneficiar a la ciudadanía. Quizá era todo esto lo que Zapatero tenía en mente el pasado miércoles cuando se enfrentaba a Rajoy desde su escaño…


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Como cuenta Fernando Garea en El País, “los diputados socialistas necesitaban una alegría”. El muerto parecía haber resucitado ante sus ojos, en principio gracias al oxígeno insuflado por el PNV. Ahora cabe recordar al señor Urkullu que, en “Después del funeral”, Cora Abernethie no consigue resolver el asesinato de su hermano. Todo lo contrario. Cora es, a su vez, asesinada en las primeras páginas del libro… y la familia se ve obligada a hacer… lo que hacen todas las familias en todas las novelas de Christie: llamar a un tal Hércules Poirot. Un hombre con fama de dandy, gusto refinado, de habla parsimoniosa, bien vestido, suave en las formas y duro en el fondo. ¿Les suena?