Tras la política

La eurodiputada Pilar del Castillo, durante su intervención en #PEredes (David Martos)

Tras la Política cumple este miércoles sus primeros 50 posts. Medio centenar de reflexiones sobre lo que hay detrás de las decisiones políticas. Es toda una casualidad, porque precisamente este miércoles iba a pedir un pequeño favor a todos los lectores de este “enfoque”, que afortunadamente son muchos. Iba a pedirles permiso para cambiar el registro por un día; que me permitieran mover ligeramente el foco y trasladarlo a Bruselas, a la capital europea. Quiero hablar de la Unión Europea. Hace unos días participé en un encuentro de ‘bloggers’ organizado por la oficina del Parlamento Europeo en Madrid. El debate fue intenso, apunté muchas ideas, y me gustaría compartir con quienes están interesados en la política… qué piensan sobre Europa quienes conocen Europa, quienes escriben sobre Europa.

El 1 de enero de 1986, el rey sancionó el ingreso de España en el club más importante al que nunca ha pertenecido: la Comunidad Europea del Carbón y del Acero. Años más tarde, aquello del carbón y del acero dejaría paso a la inflación del euro, y el orgullo de país de ingresar en la UE se convertiría en la eterna melancolía del ‘euroescepticismo’. Europa, hablamos de Europa con nombre propio. De Europa como si fuese un todo al que desairar, del que acordarse, al que atender. ¿Es la Unión Europea un bloque sólido del que vivimos ajenos? ¿Es acaso un dogma impuesto, una verdad incontestable? ¿Es un polichinela que manejar a nuestro antojo? Didac Gutiérrez-Peris dio en el clavo durante su intervención en las jornadas de Córdoba: la clave está en la representatividad.

En nuestras Elecciones Generales, los españoles elegimos un parlamento, como ocurre con las Elecciones Europeas. Y sin embargo, hay una diferencia: aunque el Ejecutivo emane del Legislativo en ambos casos, los comicios en España derivan en una dinámica gobierno-oposición que alimenta la legislatura. El debate periodístico, y en general la esfera pública, vive pendiente de esa dinámica y de las relaciones de poder que se generan en torno a ese eje. Una dialéctica del conflicto, de protagonistas y antagonistas, que convierten la política española en un verdadero culebrón. Este concepto, la falta de tensión dramática en las relaciones políticas europeas [la base de la intervención de Fernando Navarro], redondea el argumento: no es que no nos sintamos representados en Estrasburgo, es que allí no se reproducen los modelos políticos a los que estamos acostumbrados.

España no es diferente votando. La abstención y el escepticismo son el fantasma que recorre Europa en el siglo XXI, y quizá, como puso de relieve en el encuentro Laurence Modrego, eso ocurra porque esperamos una comunicación piramidal desde Bruselas… que no tiene por qué producirse. En Córdoba se constató que la comunicación one-to-one entre europeos, con una base común, y con herramientas contemporáneas, es más que posible; que incluso ese flujo Bruselas/Estrasburgo-europeos puede emitirse de una manera distinta, amena y distendida; que es posible la reacción ciudadana, si se me permite incluso el debate, a pesar de que los líderes políticos se empeñen en cambiar la filosofía del continente a golpe de madrugadas.

Como bien resume Aitor Ordax, “muchos asistentes compartían la creencia de que es imposible que los ciudadanos se comuniquen directamente con sus representantes en Estrasburgo. Pero resultó que no. No es un problema de falta de mecanismos o de transparencia. Los mecanismos existen y son muy accesibles. Es un problema de comunicación y de diálogo.” Probablemente sea así. No es un problema de políticos, que no saben comunicar mejor Europa que España, los asuntos de Bruselas que los de Madrid. La conciencia sobre una integración europea, sobre lo que significa compartir un continente, debe partir de todos y de cada uno, de la sociedad. Y serán los políticos quienes, como en tantas otras ocasiones, se subirán al carro. Feliz Europa… y felices posts de política, mucha política.


Marcelino Camacho y su mujer, en la Cárcel de Carabanchel (http://www.flickr.com/avaluche)

Marcelino Camacho y su mujer, en la Cárcel de Carabanchel (http://www.flickr.com/avaluche)


La calle de Manuel Lamela, en el barrio madrileño de Carabanchel -el barrio en el que crecí y en el que aún vive mi familia-, había sido desde siempre la calle de mi amigo Pablo. Allí compartimos los primeros videojuegos, algunas meriendas, tardes de días festivos… Y sin embargo, desde diciembre del año 2006, esa calle supone para mí un segundo recuerdo especial: es la calle en la que me contó su historia un viejo sindicalista. Se llamaba Marcelino.

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.


La entrevista con Marcelino Camacho me había costado muchas llamadas de teléfono a aquella casa de Carabanchel. Las agendas no cuadraban, y el testimonio del fundador de Comisiones Obreras resultaba imprescindible para los reportajes sobre la Transición que estaba elaborando. Quería contar en la Cadena SER la intrahistoria de aquellos años, las pequeñas vivencias de sus grandes protagonistas. Pensaba que sería una entrevista rápida, de esas a las que acudes con pocas preguntas preparadas… porque sabes que el personaje vendrá pronto a tu terreno. Pero no. Comencé preguntando por la Transición… y enseguida comenzamos a conversar sobre la importancia de los sindicatos en democracia.

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.


Y tras la Segunda República, las penurias de la Guerra Civil, el confinamiento en Tánger, el exilio en Orán y el regreso a España para acabar fundando el sindicato del que figura como socio número 1, el discurso pausado de Marcelino llega hasta la Transición. Fue detenido y encarcelado en muchas ocasiones por promover Comisiones Obreras, y se enfrentó en 1973 al juicio por el llamado Proceso 1.001. Fue en un día muy particular.

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.


La voz de mujer que va hilvanando, casi sin que se note, la historia de Camacho… pertenece a Josefina Samper, su compañera durante más de seis décadas. Cuando llega el momento de recordar aquel juicio, y cómo les afectó el asesinato de Carrero Blanco, toma la palabra para defender el papel de los familiares de los presos políticos durante el Franquismo.

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.


Tras la muerte de Franco y el indulto del rey, Marcelino Camacho pudo registrar a CCOO como organización sindical, fue diputado durante dos legislaturas, y lideró el movimiento obrero durante los años ochenta. Ha sido condecorado en múltiples ocasiones. Al final de una vida tan azarosa, le hice las dos preguntas que sólo cobran sentido tras la desaparición del personaje que las responde. Y las respuestas fueron tan sencillas… como demoledoras.

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.


Al terminar la entrevista, firmó una copia de su resumen biográfico mecanografiado y me la entregó. Después me enseñó el pequeño cuarto en el que guardaba todos sus recuerdos. Entre ellos, una fotografía de su investidura como Doctor Honoris Causa. Después, al despedirnos, el viejo sindicalista me abrazó… como si me conociera de toda la vida.


El rey Juan Carlos, en el Palacio de la Zarzuela (AP / Daniel Ochoa de Olza)

El rey Juan Carlos, en el Palacio de la Zarzuela (AP / Daniel Ochoa de Olza)



Cenaba con varios amigos cuando surgió la cuestión. Alguien dijo: “¿vosotros sabéis qué pasará cuando el Rey muera?”. Todos saltamos a la vez con respuestas obvias. “No, no, -repreguntó mi amigo sonriendo- ¿sabéis si el Príncipe se convierte en rey automáticamente? ¿O tiene que hacer algo para ser monarca?”. Esta vez no hubo respuestas. Quienes nos sentábamos en torno a aquella mesa no éramos expertos constitucionalistas, pero sí aficionados a la información política. Y la cuestión no nos sonaba ni de lejos. ¿Qué ocurrirá con la jefatura del Estado en las horas que sigan a la muerte de Juan Carlos I? ¿Quién ocupará ese puesto hasta la jura del nuevo monarca? ¿Será necesaria la ceremonia?


Imagen de previsualización de YouTube

El último acceso al trono de un monarca español se produjo el 22 de noviembre de 1975, cuando faltaban tres años para la aprobación de la Constitución, y la ceremonia se desarrolló según los términos establecidos en la Ley de Sucesión de 1947. En ese texto sí quedaba muy claro el proceso que debía seguirse tras la muerte de Francisco Franco: “Cuando, vacante la Jefatura del Estado, fuese llamado a suceder en ella el designado [...], el Consejo de Regencia asumirá los poderes en su nombre y convocará conjuntamente a las Cortes y al Consejo del Reino para recibirle el juramento prescrito en la presente Ley”. No se establecía ningún plazo para ese juramento, pero sí se especificaba que había que ser varón, mayor de 30 años, católico y fiel a los principios que “informaban” el Movimiento Nacional.

Eso dice la ley de la dictadura, pero… ¿qué dice la Constitución?. En el Título II, el artículo 57 se ocupa de la línea de sucesión a la Corona. Explica que se prefiere a los hijos mayores antes que a los menores, que se prefiere a los hombres antes que a las mujeres, que si el linaje real se extingue será el Congreso quien nombre un monarca, y que la Cámara Baja podrá también impedir el acceso al trono de ciertos candidatos. Pero el apartado más interesante del artículo es el último. Dice que “las abdicaciones y renuncias y cualquier duda de hecho o de derecho que ocurra en el orden de sucesión a la Corona se resolverán por una ley orgánica“. Una ley que, 32 años después de la entrada en vigor de la Carta Magna, aún no ha sido redactada, y que deja al albur de las circunstancias un momento tan importante como la muerte del monarca.

A falta de esa ley, seguimos leyendo la Carta Magna, y un poco más adelante encontramos información útil. Dice el artículo 61 que “el rey, al ser proclamado ante las Cortes Generales, prestará juramento de desempeñar fielmente sus funciones”. Es decir, que el nuevo jefe del Estado debe jurar su cargo delante de las cámaras en reunión conjunta. Esto genera un interesante debate entre los constitucionalistas. Como se puede leer en la sinopsis del 61, incluida en la página web del Congreso de los Diputados, hay quien piensa que la proclamación establece un pacto entre la monarquía y el pueblo, equivalente a la investidura de cualquier otro cargo público; otros profesores creen que el Príncipe de Asturias accede inmediatamente al trono tras la muerte de su padre en virtud del orden sucesorio. Llegamos entonces a la conclusión… de que no hay una opinión unánime sobre la cuestión que nos interesa: ¿se produce vacío de poder en la jefatura del Estado entre la muerte del rey y la proclamación del sucesor?

Otro debate académico, que encontramos en algunos ensayos, se refiere a la propia jura del sucesor. El Príncipe de Asturias, como prevé la Constitución, prestó juramento ante las cámaras cuando cumplió 18 años, el 30 de enero de 1986. Ese día ya firmó su particular pacto con el pueblo español. Gregorio Peces-Barba, padre de la Carta Magna y presidente del Congreso cuando la jura se produjo, explicaba en ese año el significado de la ceremonia.


Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.



Quienes se dedican al estudio de la Constitución se preguntan si las dos ceremonias, la del acceso al trono y la de la mayoría de edad, no será “demasiado jurar”. Y de nuevo… el vacío jurídico. Sin una Ley Orgánica de la Corona, podemos suponer qué ocurrirá en las horas posteriores a la muerte del Rey, pero ni mucho menos asegurarlo. Sabemos que el Príncipe de Asturias, guardado el luto por su padre, tendrá que desplazarse hasta la Carrera de San Jerónimo para prestar juramento ante los diputados y senadores, pero… ¿qué ocurre si las cámaras están disueltas? Y sobre todo: ¿será Felipe de Borbón el Jefe del Estado, con todos los honores y responsabilidades del cargo, antes de poner su mano sobre el Evangelio?


El 19 de abril de 1994 quedaba justamente un año para que José María Aznar saliera ileso de un atentado cometido por la banda terrorista ETA. Esa mañana, sin conocer lo que pasaría 365 días después, el entonces presidente del Partido Popular participaba en el Debate sobre el Estado de la Nación… y acuñaba una de las frases políticas por las que sería recordado: aquello de “váyase, señor González“.


Imagen de previsualización de YouTube

Más allá de la anécdota del momento político, que desató un bienio de dura oposición contra Felipe González, es interesante seguir el razonamiento de Aznar: no pide al presidente que disuelva las Cortes Generales y convoque elecciones, sino que dimita y proponga al rey un candidato de su propio partido. 2010. El portavoz del PP en el Senado, Pío García Escudero, se ha dirigido en unos términos bastante distintos al actual presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero.


Imagen de previsualización de YouTube

El portavoz popular pide elecciones anticipadas. La Constitución de 1978, en su artículo 101, prevé claramente en qué cuatro circunstancias puede cesar un Gobierno: tras la convocatoria de unas elecciones, tras la pérdida de la confianza parlamentaria por parte del presidente, tras su dimisión o su fallecimiento. Descartando como improbables la cuarta y la segunda [a pesar de algún intento fallido], quedan dos hipótesis tan posibles como legítimas: que Zapatero disuelva las Cortes o que presente su dimisión al rey. Mientras Aznar elegía pedir la segunda opción a González en 1994, el PP de 2010 ha escogido la primera. Y no es una elección menor. La de 1994 supone respetar la voluntad popular en unas elecciones recién celebradas, y la de 2010 considera que han sucedido cosas que merecen un nuevo pronunciamiento en las urnas.

De todo lo que ha sucedido, de todo lo que el Gobierno ha rectificado en su política económica, del giro radical que ha ejecutado en los últimos 15 días ya habíamos hablado extensamente. El último capítulo se llama “endeudamiento de los ayuntamientos“, y tras la enésima rectificación del Gobierno en el Boletín Oficial del Estado, la vicepresidenta Elena Salgado ha asegurado con una sonrisa que se ha tratado de “un error”. Es la misma sonrisa, nótese en su voz, con la que aseguró hace unos meses que la inclusión de la ampliación de la edad de jubilación en un documento enviado a Bruselas era sólo… “una propuesta”.

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.



No hay duda de que el currículo de Elena Salgado demuestra que es una mujer sobradamente preparada para la gestión pública, pero a la vicepresidenta económica de un estado europeo que atraviesa graves dificultades debería exigírsele seriedad. Sobre todo al plantear a la ciudadanía duros ajustes que afectan a su bienestar social. Necesitamos un Gobierno que, a la hora de hacer recortes, no sitúe las tijeras en torno a su propio cuello; y necesitamos una oposición que esté, no como hasta ahora, al lado de ese Gobierno para sacarnos de la crisis. Sin una alternativa seria, las elecciones anticipadas que pide el Partido Popular pueden compararse con apagar un fuego utilizando un buen chorro de gasolina.