Tras la política

Un grupo de votantes esperan ante la urna el 9 de marzo de 2008 (AP / Israel L. Murillo)



El pasado viernes, un lector de Periodismo Humano decía en Facebook que no estaba “nada de acuerdo” con el post Tres respuestas para la derecha. En el artículo decíamos que, ante el panorama político actual, una de las salidas para el votante podía ser la abstención, y José Ignacio nos contaba por qué no opina igual: “Me parecen una lectura y unas conclusiones muy simples. En todas las votaciones he participado, nunca he votado nulo o blanco [...]. Tengo claro que el voto nulo o la abstención ayuda a gobernar, y el voto en blanco lo mismo, pero a quien no deseas”. Esta interesante observación, que agradecemos, nos ha llevado a una pregunta: ¿cómo se han comportado los abstencionistas desde la Transición?


Porcentaje de abstencionistas entre 1977 y 2008 (Fuente: Ministerio del Interior)



El gráfico que se encuentra sobre estas líneas muestra cómo ha evolucionado la abstención en España desde las primeras elecciones democráticas tras la muerte de Franco. Como se puede comprobar, en las llamadas “Elecciones Generales”, siempre ha votado un mínimo del 68 por ciento del electorado, y ese récord por abajo data de 1979, hace más de tres décadas. Otro dato interesante que podemos extraer del cuadro es la relación entre la evolución de la curva y las fechas. Los picos de abstención, las jornadas electorales en las que más votantes se han quedado en casa, coinciden siempre con comicios que han resultado poco determinantes para un cambio político.

En 1979, la victoria de la UCD de Adolfo Suárez se daba por descontada por su labor durante la Transición; en 1986 y 1989, nadie preveía una derrota del Partido Socialista de Felipe González, con amplio predicamento social; en 2000, la “legislatura de Aznar” condujo a la mayoría absoluta del Partido Popular, y esa victoria tampoco inquietó al electorado. Después están los puntos más bajos del gráfico, los momentos en los que la ciudadanía salió a votar masivamente: cabe destacar la primera victoria de la izquierda, en 1982, las dos elecciones consecutivas que acabaron con González, en 1993 y 1996, y el 14 de marzo de 2004: la llegada de Rodríguez Zapatero al Gobierno tras los atentados del 11-M. La excepción, las elecciones de 2008, que registraron una alta participación… que reforzó tanto al PSOE como al PP.

¿Y qué ocurre en Europa? La abstención española, más allá del aparente desapego de “lo político” que se percibe en la calle, está en la media de los países desarrollados de nuestro entorno, y es una media bastante alta. El pasado mes de mayo, el conservador David Cameron llegó al número 10 de Downing Street con un 35 por ciento de abstención. En Alemania y Grecia, la reválida de Merkel y la apuesta por Papandreu se produjeron en 2009 con una abstención del 30 por ciento. Portugal marca el récord a la baja con una participación del 60 por ciento en las últimas parlamentarias, y los países más participativos de los últimos años han sido Italia y Suecia, ambos por encima del 80 por ciento.

En marzo de 2008 la crisis económica aún no había estallado con toda su crudeza, pero los votantes se portaron. Una participación del 76 por ciento es uno de los mejores datos de Europa, a pesar de las evidentes carencias de nuestra clase política. Este capital de la democracia española, que mantenemos desde la Transición, puede estar en riesgo. De los líderes de los partidos depende que no se quiebre esa línea roja: en este caso, una gruesa línea roja.


Ya hemos repasado los gobiernos de izquierdas que quedan en Europa, ya sabemos por qué la izquierda no avanza en España. Quizá la pregunta sea ahora… por qué somos uno de los pocos países más desarrollados de Europa en los que no gobierna un partido conservador. Encontramos tres posibles respuestas. La primera puede llevar el nombre de un político que no logra consolidarse: Mariano Rajoy.


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El último barómetro del CIS, el correspondiente al pasado mes de abril, realiza su tradicional valoración de líderes políticos. Rajoy nunca ha conseguido despegar en la encuesta. Desde que ejerce la tarea de líder de la oposición no ha salido del suspenso, siempre por debajo del presidente del Gobierno. Incluso ahora, en el peor momento político de José Luis Rodríguez Zapatero. Ni la victoria del PP en las últimas elecciones gallegas ni su triunfo sobre los socialistas en las europeas de 2009 han mitigado la impresión de que el pontevedrés no lleva las riendas del partido. Y es que la segunda respuesta se llama “división interna”.


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Así se pronunciaba Esperanza Aguirre en la primavera de 2008 ante la posibilidad de presentarse a la presidencia del Partido Popular. Porque si es cierto que Rajoy no goza del liderazgo carismático que requiere un partido, también lo es que en su casa no se lo han puesto fácil. Inmediatamente después de perder las elecciones, y tras una conversación de ascensor que marcaría muchos meses de la política nacional, dirigentes como Esperanza Aguirre o Juan Costa amenazaron con moverlo de su sillón presidencial. El argumento principal: que no generaba la ilusión que requiere una alternativa al proyecto de José Luis Rodríguez Zapatero. Sin embargo, llegó el congreso del Partido Popular y Rajoy fue reafirmado como líder de la formación. Desde entonces, la dirección está conformada a su medida… pero los expertos coinciden en que la división interna mata a la derecha.


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La tercera respuesta nace de la comparación del Partido Popular español con sus homólogos europeos. Alemania giró a la derecha con Merkel en septiembre de 2005, Francia se inclinó por Sarkozy en mayo de 2007, Berlusconi acabó con el paréntesis Prodi en 2008, Cameron se acaba de imponer al laborismo en Reino Unido, y todos ellos están llevando a cabo planes de ajuste del déficit muy parecidos a los de España y [con la excepción de Cameron] contrarios a sus promesas electorales. Sin embargo, los populares españoles no dejan de criticar a Rodríguez Zapatero por traicionar sus principios ideológicos.

La conclusión no es nada alentadora. La suma de este análisis con los dos anteriores, los que citábamos en el primer párrafo, dibuja un panorama desolador. El Gobierno no despierta confianza en la ciudadanía por sus continuas rectificaciones; la izquierda parlamentaria no consigue trasladar a la ciudadanía el mensaje “verde y rojo” que abandera en el resto de Europa; la derecha no aparece ante los ojos del electorado como una alternativa creíble al socialismo. Y este horizonte tiene, a su vez, tres salidas: una pasaría por que alguno de estos sectores asumiese su responsabilidad con el futuro del país; la segunda nos conduce a partidos políticos extremistas u oportunistas; la tercera… la tercera se llama abstención.