Tras la política

¿Qué puede pasar en un año? ¿Cuánto puede diferenciarse un político de sí mismo en un período de 12 meses? No hace falta esperar ese tiempo para responder a la pregunta. Hace ahora cuatro años, Zapatero pronunciaba aquellas palabras que pesarían como una losa sobre su mandato: “Dentro de un año estaremos mejor que hoy“; al día siguiente, ETA volaba la T4. Un año. ¿Cuánto pueden cambiar un político y su programa en un año?

Políticas sociales. Tras ganar las elecciones de marzo de 2008, Zapatero modificó su eslogan de 2004. Dijo… “Gobernaré para todos, pero pensando en los que no tienen de todo”. No dudamos que lo siga haciendo, pero el rescate del euro en el mes de mayo acabó de un plumazo con un buen ramillete de sus políticas sociales. Pensionistas, funcionarios, parados, pagadores de impuestos en general… todos sufren ya las consecuencias de la nueva política: acabar con el déficit “me cueste lo que me cueste”. En principio, una huelga general.

La relación con el mundo. 2009 terminaba con las esperanzas puestas en la presidencia rotatoria del Consejo Europeo que debía desempeñar España durante el primer semestre de 2010. Fue un período ciertamente anodino, en el que convivimos con un presidente permanente sin ninguna sustancia, y en el que ni siquiera la visita de Obama pudo endulzar el panorama. Ya en otoño, las revelaciones de Wikileaks constataban los verdaderos esfuerzos del Estado español para superar diplomáticamente nuestra salida de Irak.

La composición del Gobierno. El 20 de octubre, el presidente del Gobierno anunciaba la composición del que sería su ‘gabinete más político’, con Alfredo Pérez Rubalcaba como hombre fuerte… en sustitución de una mujer fuerte, María Teresa Fernández de la Vega. Las ministras más discutidas, Aído y Corredor, pasaban a ser secretarias de Estado. Salía Miguel Ángel Moratinos y salía Celestino Corbacho, entraban Ramón Jáuregui, Leire Pajín o Rosa Aguilar.

El mapa autonómico. Si en 2009 se perdía uno de los hitos de la ‘era Zapatero’, que Galicia estuviese gobernada por un socialista, en 2010 acabó el sueño del tripartito en Cataluña. Artur Mas ganaba las elecciones autonómicas en noviembre y devolvía la Generalitat a CiU. A menos de un año para las elecciones municipales y autonómicas, el líder de los socialistas madrileños, Tomás Gómez, ponía en duda el liderazgo de Zapatero batiendo en primarias a Trinidad Jiménez, candidata del aparato.

La fuerza de Fomento. Como estaba previsto, los kilómetros de AVE han seguido creciendo y las inversiones en infraestructuras siguen resistiéndose por la crisis. El ministro José Blanco, ‘mirlo Blanco’ del Ejecutivo en 2009, ha mostrado su puño de hierro sin guante de seda en el conflicto con los controladores aéreos, quizá la única muestra de firmeza del Gobierno en muchos meses.

‘Ley antidescargas’. Hace un año no conocíamos aún muchos detalles del proyecto legislativo del Gobierno. Ni siquiera adivinábamos la pésima política comunicativa que se aplicaría a todo el asunto. Hoy, las disposiciones que preveían la entrada en vigor de la ‘Ley Sinde’ han sido ‘podadas’ de la Ley de Economía Sostenible por la comisión de Economía del Congreso, y el Ejecutivo vuelve a verse forzado, in extremis, a una negociación en la que lleva las de perder.

Con este panorama político, quizá sea mejor para el Gobierno mirar hacia delante… que lamentarse por “un pasado que murió”, como canta Raphael. Entramos en el último año de legislatura. Abróchense los cinturones.


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Celestino Corbacho en su escaño de ministro (AP / Paul White)

Celestino Corbacho en su escaño de ministro (AP / Paul White)



El barrio obrero de Bellvitge, en l’Hospitalet de Llobregat, celebra estos días su Fiesta Mayor. A dos meses de las elecciones autonómicas de noviembre, la inauguración del pasado sábado se llenó de toda clase de políticos. Allí estaba, repartiendo sonrisas y apretones de manos, el ministro de Trabajo e Inmigración, que ocupó la alcaldía de la localidad entre 1994 y 2008. Y allí estaba también el presidente de la Generalitat, José Montilla, que tenía algo muy importante que decir sobre su acompañante, sobre Celestino Corbacho.


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Corbacho concurrirá a los comicios del 28 de noviembre junto a Montilla, cuyo mensaje es claro: no importa su gestión, sólo importa la trascendencia pública que conceden los cargos que ha ejercido, el de alcalde y el de ministro, de cara a una cita con las urnas que será trascendental. Pero el fenómeno tiene precedentes. Tampoco importó el bagaje de un antecesor de Corbacho: el del ministro popular Juan Carlos Aparicio. Fue titular de Trabajo entre los años 2000 y 2002, y dejó la cartera tras la huelga general del 20-J. Diez meses después, en mayo de 2003, Aparicio se presentó como candidato del PP a la alcaldía de Burgos… y arrasó. En ningún caso tuvieron en cuenta los electores burgaleses los recortes del llamado “decretazo”, que se gestó en su ministerio. ¿Tendrán en cuenta hoy los electores catalanes el saldo de Celestino Corbacho?


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El ministro de Trabajo deja más de un 20 por ciento de paro, y él mismo ha asegurado que serán necesarios varios años para recuperar todo ese empleo: es decir, para que el mercado laboral vuelva a estar… donde estaba cuando llegó al Gobierno. No se puede olvidar que, durante los 30 meses que Corbacho ha pasado en Madrid, nos ha golpeado la mayor crisis económica de las últimas décadas, pero tampoco se puede olvidar que el ministro ha optado por una serie de políticas -de soluciones frente a la crisis- que no se han visto avaladas ni por las cifras del paro… ni por la percepción ciudadana.

¿Cómo medimos entonces la bonanza de su gestión? ¿Puede ser un “activo” político alguien que ha fracasado tan estrepitosamente? Nos azota una crisis internacional, sí, pero la reforma laboral del Gobierno tiene las características que Corbacho ha aceptado, él ha sido el impulsor de su negociación con los agentes sociales, y el endurecimiento de las políticas migratorias de los últimos dos años obedece a un cambio de estrategia que Zapatero buscó -y consiguió- con su nombramiento. Las circunstancias externas no eximen al político de la responsabilidad del cargo que ha ejercido, y ese desempeño no parece brillante.

Celestino Corbacho llega a Cataluña como un “activo”, como el salvavidas que debe reflotar las expectativas electorales del PSC. Sin embargo, la otra cara de la moneda muestra que el ministro de Trabajo volverá a su comunidad de origen después de que los sindicatos le organicen una huelga general, como ocurrió con Aparicio, o como hizo Manuel Chaves tras la protesta del 14 de diciembre de 1988. La cara más oscura de esa moneda enseña que la cultura política de España no castiga a los políticos que fracasan. Ya ocurrió en Burgos. ¿Ocurrirá en Cataluña?


Transcurría el primer semestre del año 2008. El Gobierno convocó Elecciones Generales para el día 9 de marzo, y ya había quien barruntaba que el panorama económico estaba cambiando. Durante esos meses, el presidente Rodríguez Zapatero realizó una tortuosa travesía entre el antipatriotismo, la desaceleración, la desacelerción “ahora más intensa”, las debilidades económicas… y la crisis. La crisis que nombró casi con temor, durante una entrevista en Antena 3, a comienzos del mes de julio.


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Y ahí comenzó el viaje a la inversa. En abril de 2009, era posible que “lo peor” hubiese pasado; algo más tarde, en agosto, la fase aguda de la crisis había pasado definitivamente; este mes de febrero, la situación evolucionaba “hacia un menor deterioro“… y hasta hoy. Pero volvamos a 2008. La promesa estrella de Zapatero para las elecciones fue una sustanciosa desgravación fiscal de 400 euros. Un año y medio después, los presupuestos de 2010 contemplaban la supresión de esa ayuda en aras del déficit público [finalmente, la negociación parlamentaria consiguió matizar esa decisión]. Pero las cuentas públicas para este ejercicio contenían otra noticia importante en materia económica: una subida de impuestos fraguada durante todo el año 2009. ¿Consensuada?


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Hace aproximadamente un año, la vicepresidenta Elena Salgado relativizaba la importancia de una subida de impuestos a las rentas altas; en agosto, durante una entrevista en la SER, José Blanco abría la puerta a ese incremento. Y finalmente… lo que subió fue el IVA, un impuesto que grava el consumo de todos los ciudadanos, de todo tipo de rentas. Ya en 2010, la armonía del Gobierno ha chirriado por la economía sumergida. El ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, la cifró en enero en una horquilla de entre el 16 y el 20 por ciento; al día siguiente, Elena Salgado desautorizó sus palabras porque “no hay datos”. En febrero, la vicepresidenta económica tuvo que rectificar a Carlos Ocaña. El Secretario de Estado de Hacienda había asegurado que, entre las medidas para rebajar el gasto público, se manejaba una bajada del salario de los funcionarios. Y no.

Este viernes, 30 de abril, conocemos una Encuesta de Población Activa que sitúa la tasa de paro en el 20 por ciento por primera vez desde hace muchos años; el próximo martes, 4 de mayo, conoceremos el paro registrado correspondiente a abril. Esta semana, Zapatero ha vaticinado que el desempleo ha tocado techo… y que comenzará a disminuir ligeramente este mismo mes. Esperemos que esta vez nadie lo contradiga, ni siquiera las cifras del ministerio de Trabajo, que se han convertido en el único asidero fiable que nos queda entre los demasiado agoreros y los demasiado optimistas.